12.07.2026 El verano avanza y en nuestros pueblos el paisaje cambia de color. Los campos dorados anuncian que ha llegado el tiempo de la cosecha, fruto del trabajo paciente de tantos agricultores durante todo el año. Es una imagen que Jesús conocía bien y que hoy vuelve a iluminar nuestra vida a través del Evangelio. 
Estos días vivimos también sentimientos muy distintos. Compartimos la ilusión y la alegría de ver a España avanzar hacia las semifinales de la Copa Mundial de fútbol, signo de cómo un pueblo entero puede unirse en torno a una esperanza común y celebrar el fruto del esfuerzo y del trabajo en equipo. Pero, al mismo tiempo, no podemos olvidar el dolor de tantas familias que sufren. Seguimos orando por las víctimas mortales de los recientes incendios en Almería y por todos los afectados por el terremoto de Venezuela, pidiendo al Señor consuelo para quienes lloran, fortaleza para quienes ayudan y paz para quienes han perdido tanto.
Precisamente en este contexto, el Evangelio de hoy nos habla de sembrar y de dar fruto. Así como una cosecha depende del cuidado de la tierra, también nuestra vida cristiana depende de cómo acogemos la Palabra de Dios en nuestro corazón.
Jesús presenta cuatro tipos de terreno que, en realidad, representan cuatro maneras de escuchar a Dios.
El borde del camino simboliza el corazón que escucha, pero no deja que la Palabra entre de verdad. Todo queda en la superficie y cualquier dificultad hace que desaparezca.
El terreno pedregoso representa a quienes reciben el Evangelio con entusiasmo, pero sin raíces profundas. Cuando llegan las dificultades o el compromiso exige sacrificio, la fe se marchita.
Las zarzas nos hablan de las preocupaciones, el afán por las riquezas, las prisas y tantas cosas que terminan ocupando el lugar que solo Dios debería tener.
Y finalmente aparece la tierra buena, el corazón que escucha, acoge, persevera y da fruto abundante. No porque sea perfecto, sino porque deja actuar a Dios.
La pregunta que hoy nos hace Jesús es muy sencilla y, al mismo tiempo, muy profunda: ¿qué clase de tierra soy yo?
El verano puede ser un tiempo excelente para responderla. Con un ritmo más tranquilo para muchos, quizá podamos dedicar unos minutos cada día a la oración, leer el Evangelio con calma, participar en la Eucaristía y cuidar más nuestra relación con el Señor. También es un buen momento para sembrar gestos de reconciliación, servicio, descanso compartido y cercanía con quienes más lo necesitan.
La semilla sigue siendo la misma: la Palabra de Dios. El sembrador tampoco cambia: es Cristo, que nunca deja de sembrar esperanza, incluso cuando parece que el terreno no es el mejor. La diferencia está en nuestro corazón.
Hoy el Señor nos invita a preparar esa tierra para que la semilla encuentre un lugar donde crecer y dar fruto, un fruto que transforme nuestra vida y la de quienes nos rodean.
Porque, como concluye el Evangelio:
«El que tenga oídos, que oiga.»
Horarios de la Santa Misa
- 11:00 h. Nuestra Señora de El Pilar.
- 12:15 h. Ermita de San Amaro.
- 13:15 h. San Antonio Abad.
Que este domingo el Señor nos conceda un corazón abierto, dispuesto a acoger su Palabra y a convertirse en tierra buena que dé fruto abundante.
Lectura del santo evangelio (Mateo 13, 1-23)
Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al mar. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó y toda la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló muchas cosas en parábolas:
«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, una parte cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otra cayó entre abrojos, que crecieron y la ahogaron. Otra cayó en tierra buena y dio fruto: una, ciento; otra, sesenta; otra, treinta.
El que tenga oídos, que oiga».
Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
«Por qué les hablas en parábolas?».
Él les contestó:
«A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no.
Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumple en ellos la profecía de Isaías:
“Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver;
porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos;
para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón,
ni convertirse para que yo los cure”.
Pero bienaventurados vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.
Vosotros, pues, oíd lo que significa la parábola del sembrador:
si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril.
Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».