26.07.2026 Este domingo, 26 de julio, celebramos el XVII Domingo del Tiempo Ordinario. La Palabra de Dios llega hasta nosotros en unos días especialmente difíciles para España, marcados por los graves incendios que están afectando a distintos lugares de nuestro país. Ante esta situación, queremos hacer una llamada a la prudencia, la responsabilidad y el cuidado de nuestra casa común. Muchos incendios tienen su origen en acciones humanas que podrían evitarse, y cada gesto de responsabilidad puede ser decisivo para proteger la vida, nuestros pueblos y nuestros bosques. 
Queremos también expresar nuestro agradecimiento a todos los bomberos, agentes forestales, miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, voluntarios, servicios de emergencias y demás servidores públicos que están trabajando incansablemente en la extinción de los incendios, muchas veces arriesgando sus propias vidas para proteger a los demás. A todos ellos, nuestra oración, nuestra gratitud y nuestro reconocimiento.
En medio de estos días de preocupación, también hemos vivido momentos de alegría compartida con el triunfo de la selección española de fútbol en el Mundial. El deporte nos recuerda la fuerza de la unión, del esfuerzo, de la perseverancia y de la capacidad de trabajar juntos por un objetivo común. Y precisamente el Evangelio de este domingo nos invita a preguntarnos: ¿qué es verdaderamente lo más importante para nosotros? ¿Cuál es el tesoro por el que merece la pena entregarlo todo?
«El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo»
En el Evangelio según san Mateo (13, 44-52), Jesús nos presenta varias parábolas para hablarnos del Reino de los cielos. Entre ellas, una de las más conocidas y sugerentes:
««El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra aquel campo…»»
La imagen es muy clara. Aquel hombre encuentra algo que cambia por completo su manera de mirar la vida. Ha descubierto un tesoro tan valioso que, lleno de alegría, está dispuesto a vender todo lo que tiene para conseguirlo.
Jesús nos recuerda así que el Reino de Dios no es una carga ni una obligación que nos roba la alegría. Al contrario: es un tesoro que, cuando se descubre, transforma la vida desde dentro.
¿Cuál es nuestro verdadero tesoro?
Vivimos muchas veces preocupados por acumular, conseguir y proteger cosas. Buscamos seguridad, reconocimiento, éxito y bienestar. Pero el Evangelio nos invita a mirar más profundamente y a preguntarnos qué ocupa realmente el centro de nuestro corazón.
Porque aquello que consideramos nuestro tesoro acaba orientando nuestras decisiones. Si nuestro tesoro es únicamente el dinero, el poder o el éxito, nuestra vida terminará girando alrededor de ellos. Pero si nuestro tesoro es Dios, el amor, la solidaridad, la verdad y el servicio, también nuestras decisiones se transformarán.
En estos días en los que vemos a tantas personas trabajando por proteger la vida y la naturaleza, arriesgando incluso su propia seguridad, podemos reconocer también el valor de la entrega generosa. En los pequeños y grandes gestos de servicio encontramos una imagen concreta de esa capacidad de poner a los demás por delante de uno mismo.
Una alegría que nos mueve a actuar
El hombre de la parábola vende todo lo que tiene lleno de alegría. No actúa movido por la tristeza ni por la obligación, sino porque ha encontrado algo que vale mucho más.
También la fe cristiana está llamada a ser una fuente de alegría. No una alegría superficial que ignora las dificultades, sino una esperanza profunda que nos ayuda a afrontar los momentos difíciles sin perder el sentido de la vida ni la confianza en Dios.
La alegría del Evangelio no nos hace indiferentes ante el sufrimiento. Al contrario, nos mueve a comprometernos. Nos invita a cuidar, a ayudar, a servir y a actuar con responsabilidad. Nos recuerda que la vida de cada persona y la creación que hemos recibido son auténticos tesoros que debemos proteger.
Elegir el tesoro que transforma la vida
El Evangelio de este domingo nos plantea una pregunta sencilla, pero decisiva: ¿qué tesoro estamos buscando?
Jesús nos invita a descubrir que el Reino de Dios merece la pena. Que vivir desde el amor, la fe, la solidaridad y la esperanza no es perder, sino encontrar el verdadero sentido de la vida.
Que en estos días podamos valorar lo que realmente importa: la vida, la familia, la comunidad, la naturaleza, quienes nos sirven y protegen, la unidad y la esperanza. Y que, como el hombre que encuentra el tesoro escondido, sepamos reconocer la presencia de Dios cuando se cruza en nuestro camino y respondamos con alegría y generosidad.
Que el Señor nos ayude a descubrir el tesoro de su Reino y a vivir de tal manera que también nosotros seamos capaces de convertir nuestra vida en un regalo para los demás.
Horarios de Eucaristías
- 11:00 h. Nuestra Señora de El Pilar.
- 12:15 h. Ermita de San Amaro.
- 13:15 h. San Antonio Abad.
Lectura del santo evangelio (Mateo 13, 44-52)
En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:
«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo. El reino de los cielos se parece también a un comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Habéis entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».